Elecciones democráticas: entre pitucos, caviares e ignorantes(ados)

Gabriel Tristán

Por: Gabriel Tristán 

De las elecciones del pasado domingo se han hecho varios análisis. Se ha criticado la elección de Castañeda, Santos y de más candidatos con un pasado “oscuro” en la política o con cuestionamientos con tema de corrupción. Se ha aducido que la población “tiene lo que se merece” y que todavía no podemos denominarnos un país “democrático” porque nuestro electorado no aprende a elegir. Yendo un poco más allá del análisis somero de estas afirmaciones, ¿realmente la gente no sabe elegir? ¿Existe explicación para que la mayoría siga votando por el que “roba pero hace obra?

Democracia y representación

“La democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos”. (George Bernard Shaw)

La democracia, desde una concepción primigenia, es la forma por la cual brindamos la facultad de representación propia a un conjunto de personas (véase Estado) para que tome decisiones en favor de nosotros (véase sociedad civil). Complejizando un poco más, podríamos decir que la democracia supone que nuestros intereses, forma de ver las cosas y creencias culturales se vean representadas por la autoridad que salga elegida. Esto, en palabras sencillas, significaría que las personas – idealmente hablando – votarían por candidatos o autoridades que en cierta forma representen como nosotros nos proyectaríamos si es que fuéramos autoridades municipales, regionales o distritales (un planteamiento que también podríamos extrapolarlo a elecciones congresales y presidenciales).

El problema en una sociedad heterogénea, como la nuestra, es que existe más de un interés o forma de ver las cosas por parte de la sociedad civil. Esto implica que las elecciones de autoridades no van a satisfacer a todos y van a generar, en algunos casos, un rechazo por un importante (o significativo) sector de la población. Ahora bien, si tuviéramos que describir brevemente nuestra cultura, podríamos pasarnos varias páginas hablando de la “cultura combi” o la informalidad, donde el más “vivo” o “palomilla” hace de las suyas. Se premia al que rompe las reglas sin que lo descubran y no se evidencia con la notoriedad necesaria a los que cumplen las reglas de manera justa. Desde esta perspectiva, simplificada, de lo que entendemos de nuestra sociedad, es que también se construye nuestra política (o al menos parte de ella).

La elección de Castañeda responde a una identificación cultural y social importante. Él ejemplifica el “palomilla” político que nunca ha sido realmente sancionado por todas sus fechorías en los 8 años precedentes en la alcaldía de Lima. “Escapó” de Comunicore de manera elegante y, salvo un sector del periodismo crítico, no se ha visto grandemente criticado. Pero, la elección de Castañeda, también responde otros factores que muchos críticos de dicha elección no ha apuntado.

El líder solidario tiene un arraigo popular, a pesar de no contar con una dialéctica muy florida. Esta popularidad innata se da porque la gente de sectores D y E ven en él un símil político, alguien que comparte sus mismas características (véase culturales) y que representaba, dentro del abanico de candidatos para esta elección, su opción más viable para que “hayan más obras”. Punto y aparte merecen sus gestiones pasadas. Si bien podría estar en debate (y quizá sea más claro con estadísticas) si hizo muchas o pocas obras, el principal activo fue que logró visibilizar cada una de ellas y que la mayoría de limeños lo tiene en mente como un alcalde que estuvo presente en una gran cantidad de obras en favor de los más necesitados. Aquí podríamos ubicar el metropolitano, los hospitales de la solidaridad, los puentes, escaleras de los que la ya actual gestión se enorgullece de haber hecho.

Merecen líneas aparte los indignados de ambos sectores de la población, los cuales denominaremos “pitucos” (derecha) y “caviares” (izquierda). Sino salieron sus menos corruptas y más capaces opciones (véase Susana, Cornejo y Heresi), fue porque el mensaje de sus candidatos no logró calar en la mayoría de la población. No basta que te atrevas, que bailes o que sepas debatir, sino que puedas llegar (sea con la estrategia que desees) a presentarte como un candidato viable y atractivo a los sectores donde se deciden la elección.

Podríamos hacer una autocrítica a nuestra sociedad civil de no informarse o tener un bajo interés por la política, pero si ya los candidatos lo saben, deberían buscar formas para poder aumentar el interés de sus votantes con su campaña y generar un apego por su figura (quizá de forma caudillistica) o a algún símbolo (véase partido). Queda mucho más por decir, pero ya profundizaremos en otra ocasión. Finalmente, como diría Kofi Annan: “No existe un solo modelo de democracia, o de los derechos humanos, o de la expresión cultural para todo el mundo. Pero para todo el mundo, tiene que haber democracia, derechos humanos y una libre expresión cultural”.

Publicado el octubre 9, 2014 en Observatorio Electoral y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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