Detrás del “roba, pero hace”

Augusto Balbi

Por: Augusto Balbi Soto

Recordé en estos días de tanta parafernalia por el último Informe de Opinión Pública Electoral[1] de Datum una frase que es tan conocida como cierta: “El Perú es todo menos aburrido”. Según el último informe de Datum no solo tenemos virtualmente ya al próximo Alcalde de Lima, el señor Luis Castañeda, inamovible del primer lugar con un 57% de intención de voto, sino que además el 49% de los limeños cree que de llegar al sillón municipal Castañeda robará, pero hará más obras.

Esta última afirmación nos hizo empezar la semana pensando en ¿Cómo era posible que el 49% de los limeños vote por un candidato que roba, pero hace? ¿A qué punto hemos llegado de tolerar y aceptar los niveles de corrupción? Quien intentó dar respuesta a estas preguntas fue el economista y director de Semana Económica, Gonzalo Zegarra la semana pasada precisamente en Semana Económica. En su artículo[2] publicado el día 16 de Setiembre Zegarra intenta responder la pregunta de ¿Por qué los peruanos toleramos tanto la corrupción?

Pues bien Zegarra sostiene que en un país donde la mitad de la población no tributa (entre 50% y 70% según lo que estima él) no debería sorprendernos que la corrupción sea aceptada en el sistema político, por ello la solución para este problema sería combatir los altos niveles de informalidad. Es decir, si la corrupción consiste en el robo al Estado y solo entre un 50% o 30% tributa, el robo es a unos pocos y no a la mayoría lo que hace que la corrupción sea más tolerable. Entonces el remedio para la enfermedad es reducir la informalidad, lo que para Zegarra significa reducir el burocratismo, la intervención del Estado.

Lo dicho por Zegarra la semana pasada y los resultados de la última encuesta en Lima hecha por Datum me hicieron reflexionar dos cosas: primero si ¿realmente los peruanos toleramos la corrupción? y segundo, de ser así ¿Qué factores determinan ese comportamiento?

Pues bien quiero empezar aclarando algunas cosas que debido a los grandes opinólogos que tenemos se está tergiversando. ¿Es real la afirmación de que el 49% de los limeños votaría por un candidato que “roba, pero hace”? La respuesta es NO. La pregunta de dónde se desliza este erróneo dato iba referida a la asociación de atributos de gestión con los candidatos, es decir la pregunta que realizó la encuestadora no fue ¿votaría usted por un candidato que “roba, pero hace”? sino ¿Quién cree usted que robará, pero hará más obra de llegar a ser Alcalde de Lima? De aquí quien lideraba la tabla, y no podía ser de otra manera, era el señor Luis Castañeda con el 49% seguido de Villarán con un 5%. Entonces la afirmación correcta no es que el 49% de los limeños toleramos la corrupción o en su defecto votaríamos por alguien que “robe, pero haga” sino que abrumadoramente pensamos que el virtual acalde de Lima robará, pero hará más obras durante su gestión en comparación a los otros candidatos.

Entonces ¿eso quiere decir que en el Perú no toleramos la corrupción? La respuesta lamentablemente también es NO. Para que prácticamente la mitad de la población crea que Castañeda robará, pero hará más obras y sin embargo no solo lidere la intención de voto con el 57% sino que además su candidatura solo tenga un rechazo de 10%, es decir solo el 10% de los limeños no votaría nunca por él, definitivamente tenemos una conducta displicente hacia la corrupción. Pero ¿es en realidad hacia la corrupción? Y la respuesta vuelve a ser NO, existe una conducta displicente en general hacia la política. Según el Perfil del Elector Peruano[3] el 39% presenta muy poco interés en la política y el 32% nada de interés, primer punto que creo debemos tomar en cuenta pues si algo poco o nada me interesa ¿Qué tanto interés puedo tener en que esto se haga bien?

Planteada esta primera parte ahora debo decir que me encuentro parcialmente de acuerdo con Zegarra, si bien tener grandes grupos de la sociedad en la informalidad fomenta o fortalece una cultura de aceptación a la corrupción no considero que sea ese un factor determinante que pueda explicar nuestra actitud displicente y conformista, no creo que combatir la informalidad, y no digo que no haya que hacerlo, reduzca nuestra percepción de que no importa si un funcionario roba mientras haga.

En el Perú los últimos 30 años han sido realmente estresantes y han mermado la autoestima del ciudadano de a pie. Hagamos un pequeño y fugaz recuento para no deprimirnos, en los últimos 30 años hemos pasado por la hiperinflación, el terrorismo, el gobierno de Fujimori y sus altísimos niveles de corrupción, una transición a la democracia bastante rápida, un ex presidente procesado y encarcelado hasta llegar a la actualidad con congresistas cuestionados por supuestos nexos con el narcotráfico. Luego de este rápido recuento, sin profundizaciones, ¿Alguien tiene dudas de que en el Perú se vea lo público con pesimismo? Así es, todos estos hechos le han proporcionado al Perú que sus ciudadanos vean los temas públicos no solo con incredulidad sino con pesimismo, llevándonos a pensar que bueno más o menos todo sigue igual y no hay atisbos de que vaya a cambiar por lo tanto mejor ni pensar en la política, y me preocupo de los asuntos en los cuales si puedo influir, es decir mi empleo, mi estudio, mi diversión, etc.

Pero quiero detenerme un momento en el gobierno de Alberto Fujimori, no solo por sus altísimos niveles de corrupción, sino por dos cosas que creo han marcado toda la era post Fujimori. La primera es el populismo que aplicó el gobierno durante esta época, los discursos populistas usualmente buscan desacreditar las instituciones políticas sosteniendo que son ineficientes o incapaces para solucionar las demandas del “pueblo” y por lo tanto pondera por encima de los procedimientos normales de las instituciones el cumplimiento de sus objetivos sin importar la visión cortoplacista con la que se opere. Lo que dejó este populismo de Fujimori fue precisamente ese descrédito de las instituciones políticas, de nuestras instituciones políticas. Lo segundo es el proceso de institucionalización de la corrupción que se gestó durante sus dos gobiernos. No voy a decir que Fujimori inventó la corrupción en el Estado, pero si la hizo parte de la práctica estatal, es decir, incentivó la corrupción como pauta para el ejercicio de la función pública. En sencillo, si eres parte de la administración del Estado y no robas simplemente no encajas.

El gran legado de Fujimori al Perú fueron el descrédito de las instituciones políticas y la institucionalización de la corrupción. Ahora estas dos cosas originan lo que sí considero son los factores que determinan una cultura política que tenga cierta tolerancia a la corrupción. Así es, el legado de Fujimori genera tres factores: el primero es un desprestigio inmenso de la función pública, ¿Cuántos no hemos pensado que la función pública está llena de ladrones? Ladrones de cuello y corbata. El segundo factor es el sentimiento de impunidad con el que todos nos quedamos luego de una denuncia por corrupción, y ejemplo de eso tenemos varios; y el tercer factor es un Estado incapaz de interactuar con la sociedad civil, lo que refuerza la idea de una administración pública ineficiente.

Veamos, ¿una función pública desprestigiada podrá generar la credibilidad suficiente para que los ciudadanos podamos levantar nuestra voz ante un hecho de corrupción? Si nuestras instituciones políticas se encuentran en total descrédito da igual tener a una persona intachable o un ladronzuelo en el cargo que sea. Y peor aún ¿valdrá la pena alzar la voz de protesta si las denuncias serán archivadas? ¿Para qué gastar tiempo y dinero si al que roba en el Estado no le sucede nada?

Sin embargo este tema es un círculo vicioso, pues la percepción de corrupción contribuye a que los ciudadanos tengamos una valoración negativa del gobierno y por ende de las instituciones que regulan la actividad política y social. Esta valoración negativa del sistema político también afecta a los partidos políticos que sostienen dicho sistema y desde luego a la democracia, pues no logra satisfacer a los ciudadanos ni ejercer una lucha férrea contra la corrupción.

Lo qué habría que entender, y va como consejo para el señor Gonzalo Zegarra, es qué los fenómenos políticos son circulares y no tan lineales.

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[1] http://www.datum.com.pe/pdf/ENCSIM02.pdf

[2] http://semanaeconomica.com/article/economia/144060-roba-pero-hace-obra-por-que-los-peruanos-toleramos-la-corrupcion/

[3] http://portal.andina.com.pe/EDPEspeciales/2011/perfil_elector_JNE.pdf

Publicado el septiembre 27, 2014 en Observatorio Electoral. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Partiendo por dos simples premisas que se encuentran en el inconsciente colectivo de la gran mayoría de los ciudadanos peruanos: el político roba y el político no hace (percepción generada por congresistas y funcionarios públicos corruptos, los cuales no son pocos), estaríamos desechando automáticamente la opción de tener un representante que no robe y que haga. Como consecuencia las únicas opciones que tendría sería que haga uno de los dos (jamás ambos): “roba pero hace” y “no roba pero no hace” (“roba pero no hace” descartada y “no roba pero hace” descartada). El hecho de que no haga no me refiero a que realmente no haga nada, sino a que sus obras no sean las suficientes (o no tengan suficiente cemento para poder decir que realmente hace).
    Ahora hay que analizar los factores que pueden ser evidenciados por la población, si bien es cierto nosotros queremos un funcionario honesto pero que haga, pero lo que la población en su gran mayoría puede percibir es las obras que se hacen, ya que ningún ciudadano normal se atrevería a investigar funcionarios públicos o pegarla de fiscalizador. Como resultado de ello descartaría automáticamente la opción de que “no robe pero no haga” ya que realmente no me consta que no está robando pero si me consta que no está haciendo obras, cosa que no pasa con el que “roba pero hace” ya que tampoco me consta que sí está robando pero si me consta que está haciendo obras. Para arreglar este problema de percepción social deberíamos atacar la raíz que origina ésta percepción, y son éstas dos simples premisas: “el político roba y el político no hace”, papel que debería ser tomado por los partidos políticos y por nuestros representantes de estado. Esta percepción es consecuencia de su corrupción y mala gestión de la democracia y ellos son los únicos que pueden cambiar la manera de verlos con sus propias actitudes, el papel que deben de tomar en ésta clarísima crisis política por la que está pasando el país debe ser un papel activo, de iniciativa para hacer las cosas de manera correcta, comenzando por los partidos políticos, los cuales son los que proponen a nuestros representantes del estado, ya que si no es así se va a seguir reflejando el mismo pesimismo en la opinión pública como por ejemplo: encuestas.

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