Protagonismo radical

CARLA

Por: Carla Toche Casalino

“¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!”

Los dados eternos, Cesar Vallejo

No es novedad que cada cierto tiempo el Cardenal Juan Luis Cipriani se pronuncie contra la comunidad LGTB, a través de la negación de lo que debería ser el goce de los derechos de dicha comunidad, así como tampoco resultaría novedoso escucharlo cada cierto tiempo hablar a favor de Alberto Fujimori (o de algún otro político de turbio pasado). Dicho esto, nos damos cuenta que Juan Luis Cipriani brilla más por sus opiniones en materia de Estado, de política y de sociedad, más que por lo inspirador que podría llegar a ser el discernimiento colectivo a la hora de su homilía. Lo que sí resulta novedoso es encontrar un nuevo (o renovado) actor en este contexto ya conocido (mas no gastado). Las caducas falacias proferidas por el cardenal tienen ahora que enfrentarse a una renovada y reconocida sociedad peruana capaz de transmitir, a través de la experiencia colectiva, educacional y cívica, argumentos legales, morales, sociales y políticos legítimamente fundamentados. Sin embargo, con este panorama, donde se disputa el ejercicio de poder entre estructuras tradicionalistas frente a renovados elementos conciliadores, surge también el eterno debate sobre la viabilidad (y efectividad) de un Estado laico en el Perú.

Independientemente de la postura que cada miembro de la sociedad adopte al respecto, debemos observar a los procesos histórico, político y cultural de la estructura social como elementos que se encuentran fuertemente enraizados a la tradición católica y que, por esta razón, la laicidad estatal no puede medirse (ni mucho menos pretenderse) únicamente en torno a una premisa constitucional, pese a que en la actual Constitución a través del artículo 50 la Iglesia Católica es explícitamente legitimada como “elemento importante en la formación histórica, cultural y moral del Perú”, sino, y acá es donde viene a regir mi argumento principal, en la cotidianeidad a través de sus relaciones con los individuos y con la sociedad en general.

 Con respecto a las relaciones entre Estado, Iglesia y sociedad, teólogos católicos reconocidos, como Johan Baptist Metz, proponen que la relación menos nociva que se debe establecer entre la Iglesia y la sociedad, debe ser una que contenga un conjunto de elementos críticos y pragmáticos para que aquella, la Iglesia, pueda elevar las necesidades de su sociedad y “vertirlas en prácticas sociales y políticas que regeneren el espíritu humano para que a estos se les pueda revelar el Reino de Dios” (Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual)

En el Perú, sin embargo, la situación actual entre la Iglesia y la sociedad se fundamenta bajo criterios incoherentes, intolerantes, e indiferentes dando como resultado una relación tensa entre la comunidad en general y la institución eclesial. Dicha tensión, además de impedir el trabajo caritativo, el reconocimiento de las minorías olvidadas y las acciones que deberían promover al ser humano desde sí mismo hacia la sociedad, evidencia la división estructural que vendría a ser, a mi modo de ver, la razón principal desde donde se muestra la inutilidad de la Iglesia dentro del contexto nacional.

Entonces, expuestas las dos instituciones ante sus faltas frente a la sociedad, el Estado por una laicidad superficial y la Iglesia como ente que demanda y consume sin generar retribución de ningún tipo con su propia doctrina, se genera un incumplimiento sistemático desde donde los actores regenerados, renovados y reconocidos deben tomar, por esto mismo, un protagonismo radical.

Frente a un panorama donde se incumplen tareas, roles y responsabilidades sociales por parte de las dos instituciones cuya función más bien debe girar en torno a dichas responsabilidades, es deber de la propia sociedad demandar agencia desde si misma con respecto a su Estado y problematizar los puntos desde donde el Estado debe actuar (y junto a qué institución) coherentemente en función del bienestar general. El debate es amplio y complicado pero es importante otorgar al campo de lo político y social la debida y apropiada atención desde los organismos que aportan para el desarrollo integral del sujeto y no desde un punto desde donde constantemente se generan vejaciones hacia el individuo y hacia los colectivos. La sociedad está cambiando, las estructuras, a su ritmo, lo harán y es importante seguir el debate desde una perspectiva no fundamentalista para que, los que se basan en la “ley natural”, puedan ser desplazados, casi automáticamente, hacia algo no menos parecido a lo que se podría ver en un “talk show” muy al estilo de Laura Bozzo, dejando, así, a los ciudadanos responsables campo abierto para los cambios que el país está empezando a demandar.

Publicado el octubre 22, 2013 en Política Nacional y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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